Combinatoria y fuga de bailarines

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-sobre una danza de Rosario Cárdenas-

- del libro Viendo acabado tanto reino fuerte (2001) de Roberto Méndez Martínez-

Dos más un tercero pueden formar el cuadrilátero, dos más uno que agita los dedos antes de alcanzar la forma; dos: lo perfecto, la esfera, dos más dos, dos por dos, dos por sí mismo y su raíz. Comienza por el lamento de Ariadna, ¿quién va a dejarla morir en la isla o formará grupos para distraer su soledad haciendo alegorías del tedio, el ensueño, la sensualidad, la sabiduría? Dejadme morir, dice ella, antes de ir de la sed al desorden, antes de hallar su equilibrio en lo que pasa y no deja sino imágenes quebradas. El hombre de la levita gris no tiene rostro, se pasea corrigiendo las poses, punzando los torsos hasta lograr – una saeta aquí, un venablo allá – sansebastianes ingenuos. Todo lo tiene: el polvo, el andar diagonal de los alfiles, la máscara disimulada en la transparencia. Nadie escapará de aquel sin rostro, ni la muchacha prendida entre el madrigal y la habanera que ha robado un capullo a la estación. Desciendan al público, intenten una fuga para clave, la danza y su remedo, el inverso: danza, zadan, aznad, nadza, nadaz, corten el aliento a los sentados por un instante, el hombre gris aún no ha alzado su cuello, ni señalado quién va a sustituirle en esos actos de equilibrio con la locura radiante de las cuerdas. Por ahora pueden ignorar el tiempo, sustituir la crueldad del estío por un fragmento de primavera, lanzar flores azoradas como quantas, entre ellas: el uno, la levedad, el dos, vacío, el tres, los atormentados, el cuatro, castillo en asedio, todo hasta verlo avanzar, permutando disfraces, diciendo que todo ha concluido. Monteverdi dejó sólo esta porción de muerte para una tarde y una isla inhóspita; acepta, Ariadna, por favor, la máscara, nadie, ni la primavera, te rescatará del desorden, tirad de los hilos, ya los bailarines cuelgan del balcón, inanimados. Concluye la fábula, el teatro ofrece una tenue luz al final del pasillo.