Quince años de sinceridad combinatoria

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Palabras para el acto homenaje por el 15° aniversario de Danza Combinatoria

Museo Nacional de Bellas Artes, 2 de febrero de 2005

Cuando me solicitaron que dijera algunas palabras para festejar el decimoquinto aniversario de la creación de Danza Combinatoria me encontraba en una difícil situación familiar... tan difícil que me impide –muy a mi pesar– estar junto a ustedes en el día de hoy. Pero por difícil y duro que sea, no puedo soslayar mi compromiso con esta agrupación y sus integrantes, como tampoco me puedo privar del placer de decir en público –aún a través de un interlocutor– algunas cosas que llevo en mi corazón sobre “los combinatorios”.

Creo que la historia comenzó desde mucho antes de 1990. Cuando Rosario Cárdenas egresó de la Escuela Nacional de Danza en su primera graduación y pasa como bailarina a la entonces Danza Nacional de Cuba, ya entraba como un elemento nuevo y transformador, dentro de la compañía madre, de la danza cubana.

Danza Nacional estaba saliendo de la estética de Ramiro Guerra y se adentraba en una identidad muy discutida y –como diríamos hoy– globalizante. No obstante, Rosario asimiló los códigos de la sinuosidad folklórica y participó de toda la obra de Cuéllar, Rivero, Lastra o Patterson.

Pero ella necesitaba un “más allá” de las fronteras arquetípicas. En la enseñanza encontró Rosario su laboratorio, y desde allí tejió sus principios creativos y pedagógicos, que en ella nunca han estado separados. Su persistencia y estudio, su inconformidad y rebeldía, su escudriñar en lo más profundo del ser humano y su circunstancia, le abrieron un espacio en la gran compañía, donde inscribió Dédalo como espectáculo danzario pleno de contenido y rico en forma.

Cómo tomó Rosario conciencia de alcanzar la independencia no lo sé, pero pienso que ella siempre ha sido muy independiente, sólo que estaba en espera de su oportunidad. Y esta llegó en 1990, cuando se decide a crear un proyecto artístico, fruto de su afán investigativo... y de su amor a la libertad.

Así surgió Danza Combinatoria, ayer un proyecto, hoy una realidad. Su confianza en la sinceridad del movimiento la llevó a irrumpir en un panorama danzario signado por la gran compañía y pequeños intentos de búsquedas y cambios más insurgentes. No copió los patrones de la danza-teatro que tanto vestían aquellos tiempos, sino que con un lenguaje extraño, difícil, intrincado, tal vez hasta críptico, pero sincero y, por sobre todo, muy estudiado, se instaló en ese contexto.

Para ello, la Cárdenas se apoyó nada menos que en la teoría combinatoria de las matemáticas, en la estética y la filosofía de nuestros más audaces intelectuales, como Lezama Lima o Virgilio Piñera, y en lo que nos viene de nuestros imprescindibles bailes populares y folklóricos. Así planteó su teoría combinatoria, que trasciende el plano escénico para convertirse en una pauta de vida.

Danza Combinatoria cumple quince años. Han pasado muchos títulos, muchos bailarines, muchas giras nacionales e internacionales. Obras más íntimas que añoro, como Noctario, o Canción de cuna, o Danza de fin de siglo, o aquel caballito de batalla de Raúl Martín, Las siete en punto, o producciones llenas de discursos filosóficos y humanos, de mensajes que van desde el zen hasta la sexualidad, las religiones afrocubanas, la poesía, la ópera o el espiritismo, como María Viván o Dador; o las piezas de ocasión que se cambian de Australia a Seúl, como Toque de salón, han conformado un repertorio que, ya sea activo o pasivo, forma parte del acerbo danzario de la nación.

Al inicio de estas palabras afirmé que no me podía “privar del placerde decir en público algunas cosas que llevo en mi corazón de “los combinatorios”. Hasta ahora habló el “especialista”; ahora hablará el “amante”.

En algunos momentos de incomprensión escuché a Rosario dudar de la popularidad de su obra, del éxito que puede significar un teatro lleno aplaudiendo de pie, o las críticas –siempre escasas– que recogieran para el futuro ese resultado de laboratorio que es la coreografía de Danza Combinatoria.

Estos quince años han desvanecido cualquier duda que una mala espina, un premio injustamente negado o una mezquindad irremediable hayan podido traer. El Gran Teatro de La Habana, el Mella y la Covarrubias del Nacional se han puesto –más que de pie– a sus pies, pero también en Caracas, Sevilla, Sydney, Seúl, Kingston, han reverenciado su trabajo. Hemos sido testigos del calor que ha llegado a las lunetas, del impacto que ha causado en el público, de las críticas que la han alabado.

Lo hermético de un mensaje como el de Ouroboros ha emocionado por igual al metafísico maestro coreano que al neófito espectador criollo; su Ascenso es muestra por igual de nivel conceptual e interpretativo.

Y desde el corazón, Rosario y amigos “combinatorios”, el mensaje que he visto en estos quince años es el de la danza no fortuita sino pensada, no complaciente sino reflexiva, esa que no hace al espectador un mero receptor sino un ser pensante, un ser vivo, un ser inquietante e inquietado –como su coreografía–; es también el de bailarines de excelencia como Eruadyé, Karen, Dieser, Nelson, Jorgito, Dixán, la inmensa y eterna Yakeline, quienes demuestran que el movimiento es un medio y no un fin.

Y es además, y sobre todo, la hermosa rubia de pelo largo, con la que compartía las aulas de la Universidad de La Habana, sus clases en los inicios del Instituto Superior de Arte, su trabajo con cientos de estudiantes en la grava del Estadio Panamericano en el Festival de la Juventud, su presencia en la Casa Blanca de Kingston o en un improvisado anfiteatro de Montego Bay, ejercitando a su tropa en la larga escala del aeropuerto moscovita o junto a nuestro Ministro de Cultura en el Teresa Carreño de Caracas, abrumada ante un cuadro de Chagall, displicente en un taller de salsa.

Porque aunque ella se define como “una maestra y bailarina, siempre en la investigación del infinito lenguaje del cuerpo”, Rosario Cárdenas es la libertad del cuerpo... y del alma, la alquimista y la amiga, la directora y la compañera, la verdad de su propia teoría combinatoria.

En nombre do todos los que les queremos bien –yo, MUY BIEN– (e incluso de aquellos que no la quieran tanto), quiero darle las gracias por haber mantenido, contra viento... ¡y sunamis!, esta compañía que ya es hoy, por haber creado esos títulos que ya son mitos, y por haber puesto ese talento al servicio de la única danza posible: LA BUENA.

¡FELICIDADES, NOCTARIA!     ¡FELICIDADES, COMBINATORIOS!

Muchas gracias

M Sc. Ismael S. Albelo