Y hablando de danza...

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...Ismael S. Albelo quiere compartir con Ud. la reciente

temporada de Danza Combinatoria de Rosario Cárdenas

en el teatro Mella de La Habana, entre el 9 y el 19 de febrero.

Fundada en 1990 por la bailarina y profesora Rosario Cárdenas, Danza Combinatoria platea siempre “una cita con el riesgo y el espacio”, y esta temporada no fue una excepción. Dos obras de los dos mil: Combinatoria en guaguancó (2002) y El ascenso (2004); una pieza antológica revivida para otro intérprete, Noctario (1994); y un estreno absoluto: La Stravaganza (2006) compusieron el programa presentado.

Danza Combinatoria nos sorprende con un elenco desbordante de juventud, egresado del Instituto Superior de Arte de Cuba y formando en la técnica combinatoria de la Cárdenas, muy bien asimilada en su estilo sinuoso y flexible, irreverente y polémico, inteligente y detallista.

Basada en el Guaguancó que el maestro Guido López Gavilán regalara a la Camerata Romeu, la Cárdenas creó Combinatoria en guaguancó, un cuarteto capaz de recoger las esencias de esta forma del complejo de la rumba y mostrar la validez de la interpretación contemporánea de uno de nuestros bailes más autóctonos. Los puristas podrán ver todas las células rítmicas y danzables del guaguancó sensual y lascivo, lleno de nuestra idiosincrática manera de movernos, con todo y “vacunao”, leído matemática y kinéticamente por ese característico estilo de performar de la coreógrafa, con sus cánones e “improvisaciones”, su danza también al unísono y sus importantes demandas técnicas. Esta pieza es para gozarse a sí mismos bailando e invitar a gozar viendo el bien bailar.

En El ascenso la base técnica sigue la contemporaneidad combinatoria pero la filosofía temática se hace más cerebral y polisémica en un “afán de ascender hacia adentro de nosotros mismos en una escala espiritualmente contenida”. El pretendido alcance de la armonía, que preocupaba a los filósofos griegos y orientales... y a tanta gente común aún sin saberlo –la armonía conyugal, filial, existencial–, se expresa mediante una suerte de lucha y concordia entre dos hombres y una mujer, que ruedan por la horizontal del escenario o se elevan en la vertical del telón de fondo, oscuro como el ignoto abismo al que se lanza la vida desde el primer llanto. Están la fuerza despiadada del subir a toda costa, desechando a tus semejantes, y el elevarse con la ayuda de ese mismo ser que despreciaste por tu propia ignorancia. Aquí el placer estético surge de la captación de mensaje, más allá del riesgo que el virtuosismo de los danzantes puede plantear a los que sólo dejan la apreciación al plano físico de la impresión.

 

Noctario es para mí la obra-manifiesto de la técnica combinatoria. En sus diagonales insomnes, sean violentas o deslizadas, Rosario Cárdenas vertió buena parte de su existencia, sus dudas, ansiedades, preocupaciones, diríase que lo autobiográfico de esta mujer que intelectualiza el movimiento a partir de experiencias motrices científicas y vicerales.

Desde su estreno en Sydney, Australia en 1994, Noctario, “concordancia entre ‘Nocturno’ y ‘Rosario’,” fue interpretado por la propia coreógrafa y desde hace muchos años dejó hacerlo, tal vez por haber sentido que sus noches ya no eran tan insomnes y que sus realidades tomaban el vuelo del éxito. Ahora lo entrega a un bailarín, Abel Berenguer, quien capta toda la historia del movimiento, llegando a recordar la propia ejecución de la coreógrafa, pero –¡OJO!– sin visos de copias o travestismos, con una inteligente lectura fenoménica de reflejar una existencia ajena, lo que le da un matiz casi de estreno absoluto.

Sin dudas, el plato fuerte de la temporada era La Stravaganza, no sólo por la novedad sino porque la promoción advertía sobre el “vestuario reciclable”, el “rock en vivo”, la “música original y de Vivaldi”, entre otras “extravagancias”.

Consultados diferentes sinónimos de este vocablo, encontramos rareza, incongruencia, trastorno, manía, fantasía, paradoja, capricho, originalidad, peculiaridad. Y sí, un poco todo eso es esta en la obra. Lo “extravagante” puede ser también lo diferente, lo que se sale del molde, lo irreverente. Y también La Stravaganza es otro poco de eso.

Pero, en resumen, ¿qué es La Stravaganza? En mi opinión, una obra que aspira a poner a la danza cubana en contacto con el espectáculo de los tiempos pos-posmodernos, donde la tecnología trata de convertir al ser humano en cosa-máquina que no se diferencia de una computadora o un DVD. Sayas y cabellos de celuloide, cuerpos desnudos “tatuados” a manera de vestuario vanguardista, hombres y mujeres atípicos, todo en blanco y negro –clave cromática del espectáculo–, que poseen rarezas sexuales, incongruencia de movimiento, trastorno de la personalidad, manía de grandeza, fantasía visual, paradoja en el absurdo, caprichosos diseños, originalidad sonora, peculiaridad dentro del inerte panorama de la coreografía cubana actual.

La Stravaganza apuesta por la fusión multimédica para complacer a quienes buscan en la obra de arte actual los conflictos de las “sexualidades trastornadas” –hoy día casi más frecuentes que las convencionales–; la música barroca de AntonioVivaldi en el 250° aniversario del natalicio del clásico Wolfgang Amadeus Mozart junto a la modernidad de la cubana Lucía Huergo y el hard rock de Golden Popeye Theory (GPT) en vivo... “y coleando”; la desnudez evidente de un Dixán Garrido y la de Celia Borjas velada por el diseño corporal; un fashion show a la manera de aquel film francés de los 60 Qui est vous, Polly Magoo?, con una Yamina Esterlich vestida con bolas y desarrollado por muy jóvenes diseñadores que además realizan las confecciones...; un verdadero mosaico no ecléctico sino extravagante, raro, peculiar.

La obra sorprende, sin dudas, a quienes vemos estos performances sólo en los conciertos extranjeros por televisión en las apariciones de Madonna, Queen, Cher... o gente por el estilo, que se apoyan más en las luces “inteligentes”, las máquinas de humo y la espectacularidad para atiborrar los sentidos, no para aclarar los cerebros. La Cárdenas no obstante pretende además llamar la atención sobre la exaltación de lo diverso o diferente y la asimilación de sonidos, diseños, luces... y movimientos no convencionales.

 

La Stravaganza de Danza Combinatoria une –en lo posible– todos estos elementos –paradójicamente– para lograr una nueva forma de armonía, que se rompe hacia el final, cuando los bailarines se embadurnan con tintes rojos –¿la sangre, ese fluido tan natural?  

Sin embargo, ni un mago de la iluminación como Carlos Repilado puede salvar un espectáculo tan inteligente como éste de la falta de recursos contemporáneos para la maquinaria teatral, de la cual carecen nuestras instalaciones, en especial el teatro Mella. Y esto, junto a una evidente pobreza de recursos escenográficos, limitan la magia de la multimedia a un desvaído telón negro, que sube tímidamente para dejar ver tres asustados spot lights que pretenden efectos que no se consiguen.

El empleo de los músicos del GPT, acciones plásticas ellos mismos y con una calidad sonora que se descubre aquí más que en las emisiones televisivas, podía haberse integrado mejor al movimiento y a los desplazamientos en el espacio extraescénico de modo que resultaran más orgánicos, también forzados por falta de una tecnología mínima.

 

La Stravaganza logra, en este caso, uno de sus cometidos: despertar la escena danzaria cubana de su letargo eminentemente físico con un golpe de efectos especiales, que bien puede lograrse con una infraestructura tecnológica adecuada, no tan sofisticada como imprescindible. En el siglo XXI no podemos pensar en micrófonos con cables que se enredan o luces que se mueven manualmente... si queremos actualidad en la escena. El reto es ciertamente duro y la evidencia la pone Rosario Cárdenas y su Danza Combinatoria con su extravagante Stravaganza.